ESPERANZAS

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El tiro falló.

Veo el cuchillo y no me lo creo,

Me desangras colgada del techo.

Cuanto provecho sacaste tocando mis pezones,

Robando mi néctar, llenándome de ilusiones.

Como hubiera sabido que también querías mi carne.

Ahora lloro, mis crías también pasaron por el fuego.

Mis gritos no te importan.

Si tan solo hubiera sabido que para ti era un juego.

 

“Esperanzas” es una poesía vegana. Después de ver la película Earthlings, sentí la inspiración para escribirla. Fue la tercera o cuarta película pro vegetarianismo que vi con mi novia. Sin duda, la gota final que nos hizo probar la vida vegetariana. Sólo duramos un mes de asfixiamiento mutuo inducido por legumbres diarias. Una pena. Al menos quedó esta poesía.

La Certeza

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Relato inspirado en el libro de Albert Camus:

“El Míto de Sísifo”.

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«Un tiro preciso y todo habrá acabado ―se oye en la mente de Covash.»

Apuntan con su rifle en la larga distancia. Roza el gatillo suave y frío que marca el fin de un camino. Uno podría pensar que Covash está en una posición de control. Después de todo es él quien toma la última decisión. Pero Covash sabe que los días de intensidad y de expectación están a punto de terminar. Un tiro, huida y la vida habitual le volverán a encarcelar.

―Tuckshhhhhh…
El tiro infalible da comienzo al fin de las certezas. La carrera acelera su corazón mandando señales al cuerpo que ruge con intensidad calculada.
Esquiva otro cadáver, retirado con un tiro en la nuca. Se vuelve una fracción de segundo y aprecia con cierta curiosidad el lago de sangre que sale de la boca. Unos segundos más tarde deja atrás la puerta de la azotea.
En el octavo piso se encuentra un apartamento en venta sobrevalorado a conciencia y remodelado para ser el escondite perfecto. Mueve la pared de teselas del baño y vuelve a su lugar de origen, a su prisión mental. Permanecerá escondido tantos días como sea necesario. En la pequeña y oscura guarida tiene agua, comida, una linterna, ropas, dos  libros y un lugar en donde desechar sus desperdicios personales. Los únicos que conocieron la existencia de la habitación añadida, fueron los constructores de la empresa BicoMagnus, que murieron de una intoxicación de langostinos celebrado la victoria de su equipo de fútbol regional.

Abre un libro en la página 29 y lee:
“No podemos hacer nada que trascienda el juego fatal de las apariencias.”
«Oh Camus, ojala fuera un escritor para que el sentido de mi vida fuera dictado a través de la pluma ―se oye en la mente de Covash.»
Al cabo de unos minutos se escuchan voces entrando en el apartamento de al lado, cuestionado, registrando, amenazando.
―¡Pockt! ―La puerta del apartamento en el que reside Covash cede, los policías entran galopando y gritando.
Covash escucha con curiosidad, sabiendo que nadie le va a encontrar. Aun así, algo en su interior le empuja a imaginarse a si mismo rompiendo a través de la pared. Masacrando a tiros a los policías que, incautos, no se esperaban a una bestia sedienta de sangre encerrada tras los barrotes de su propia cobardía.
«¿Por qué soy incapaz de elegir cuando morir? ―Cuestiona la mente de Covash.»

Tras unas horas de gritos y puertas forzadas, lo único que queda son las sirenas.
Su reloj digital marca en rojo las 22:00. La tranquilidad llega con la noche. Pero Covash sabe que el caos se ha dejado de escuchar, pero aun la paz no se puede respirar. Uno o dos días estará el edificio acordonado y protegido, por lo que en silencio la mente de Covash no dejara de pensar.

09:00. Oye abrirse la puerta del apartamento. Esta vez, las voces tranquilas y controladas denotan cierta profesionalidad. El corazón de Covash intenta saltar, pero al ritmo del Ohm su mental se vuelve a callar.
09:23. La puerta se cierra. Covash regresa a su realidad interna.

Pasan las horas. Covash se atreve a producir un sonido,
―Clikn.
Abre una lata de garbanzos hervidos y disfruta de su primera comida en 14 horas.
Página 50: “…lo absurdo. Es la separación entre la mente que desea y el mundo que decepciona, mi nostalgia por la unión, este universo fragmentado y la contradicción que lo une todo.”
Cierra el libro de golpe. La frustración tensa los músculos de su estómago mientras que su mente le susurra:
«No puedo seguir leyendo, me voy a volver loco. Llevo un día más los dos días anteriores, a oscuras, con mi mente. Este no es un buen momento. Demasiadas dudas, si tan solo supiera vivir de otra manera, demasiados años atrapado en ciclos que no llevan a nada. Todo acaba y todo vuelve a empezar y yo sigo siendo igual, no, no, tengo que centrarme, deja de pensar, medita, Ohm…Ohm… ¿Qué sentido tiene todo esto?… Ohm… Ohm… Ohm… ¿Por qué sigo mintiéndome? ¡Silencio! Ohm…Ohm…Ohm…»

Segundo día y cuarta lata. La seguridad en el edificio es casi mínima. Covash no lo sabe, pero este sería el momento perfecto para escapar.

20:40. Tercer día, página 54: “El suicido, como el salto, es extrema aceptación. Todo acaba y el ser humano vuelve a su historia esencial. Su futuro, su único y deplorable futuro lo ve y se abalanza hacia él. A su manera, el suicidio resuelve el absurdo…”
«¿Suicidio? Ojala fuera tan fácil acabar con uno mismo, plas, pensarlo y hacerlo. No, hay algo más, algo que tengo que hacer. No me puedo suicidar. Hay una última pieza que tiene que encontrar su lugar.»

21:00. Covash conecta el bíper. Una clave: Esta noche saldremos a tomar algo. No hay demasiadas mujeres interesantes, pero algo se hará. Igualmente no tengo ganas de  ir este fin de semana a Grecia, por lo que deberías de venir a verme a mi casa. Abrazo.
«OK, hora de moverse ―se oye en su mente.»
Surge del escondite con la mochila llena de excrementos, basura, algunas latas, una linterna y dos libros. Con ropas nuevas y la identidad robada del inquilino del piso 5J, se dirige a la entrada principal. Un policía chequea su identificación. Ve que corresponde con la del inquilino en cuestión y le deja pasar.
―¿Va al gimnasio? ―Pregunta el policía según Covash se aleja.
―Sí, algo de boxeo para desconectar ―responde Covash con una sonrisa final.

Hotel Le Meridien, cinco estrellas.
―Mikael Van Reis―informa Covash al recepcionista.
―Habitación 508, Sr. Van Reis. Aquí tiene su caja de seguridad.
Covash abre la caja metálica y saca de ella un sobre sellado.

En la habitación, Covash abre el sobre.  Encuentra un billete de avión con salida en 3 días. Deja el sobre en la sobremesa y se dirige hacia el baño.
«Por fin una ducha ―exclama la mente de Covash.»
Con el pelo mojado, se sumerge desnudo en la cama, cayendo dormido en el mundo de los sueños.

Los minutos y las horas desaparecen sin dejar huella. En la mañana del segundo día Covash despierta sintiendo como si su vida hubiera seguido su camino mientras sus ojos dormían. Los pensamientos cíclicos le poseen. Unas lágrimas amenazan con escapar. Su corazón vuelve a sentir el vacío, la tristeza y la soledad.

«Sin ningún lugar a donde ir, sin nada que hacer, ¿Qué sentido tiene engrandecer esta mentira llamada vida? Momentos de felicidad pasajera y decepciones eternas, ¿qué sentido tiene vivir? Todo vuelve siempre al mismo lugar, al vacío, a la contradicción, al sin sentido. Hoy, mañana, en un mes, qué más da, todo acaba igual. ¿Qué sentido tiene el prolongar?»
Según se desliza la última pregunta por la mente de Covash, las lágrimas caen. Se ve a sí mismo quitando el seguro de la pistola que lleva años esperando en la sobremesa. El frío cañón se coloca en el lateral de su cabeza. Rozando el gatillo, se cruzan por su mente recuerdos, deseos y una esperanza fútil que afirma su decisión de completar el círculo vital.
―Tockshhhh…
La bala atraviesa el supuesto hogar de la mente individual, bloqueando las funciones cognitivas antes de la salida triunfal, rompiendo hueso y carne en lluvia gris y roja. Covash se ve a sí mismo morir y su mente cuestiona volviendo a la realidad:
«¿Qué es lo que me ata a la vida?»

Con la mente llena de indecisiones abandona la habitación. Esperando la luz verde, ve acercarse a un camión a gran velocidad. Su mente vuelve a imaginarse eligiendo su destino y enfrentándose a él. Pero algo le retiene, una fuerza involuntaria que le impide morir. Otro día más de vida esperando una nueva certeza que le dé sentido a su vida, aunque tan solo sea por unos meses o días.

La noche llega. Esta vez Covash está preparado. Tiene suficientes pastillas como para hacer descansar a un elefante.
En la cama abre el libro en la página 109 y lee: “El trabajador actual, trabaja todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se vuelve consciente.”
Pasan unos minutos hasta que ya no puede leer más. Deja el libro en la sobremesa y cierra los ojos.
«¿Vivir o morir? Vivir sin sentido una y otra vez y morir. ¿Para qué? ¿Acaso no es lo mismo? O morir por algo ―se escucha en la mente de Covash antes de entrar en el mundo de los sueños.»

00:00 Covash saca el billete de avión del sobre y se sorprende al encontrar en el fondo una tarjeta púrpura de plástico, con el nombre Macaria inscrito en rojo y una nota en clave que dice: No te olvides de pasártelo bien. Ven a Macaria. Disfruta de lo que te has ganado.
«Justo a tiempo ―se oye en la mente de Covash.»
«Ropa nueva, perfume, la billetera llena y a fingir ser normal.»
Tras un sándwich en el hotel, Covash toma un taxi que le deja en la entrada del Macaria.
«Gente demasiado arreglada, coches deportivos y vidas con la apariencia de haber tenido un camino planeado a lo grande. Demasiada, demasiada gente, justo lo que necesitaba. Una noche de hipocresía, miradas presumidas, gestos falsos, conversaciones vacías y pretensiones perdidas.»

―Un jugo cualquiera― le pide Covash al camarero.
Oteando las mesas encuentra un rostro familiar. Sin que nadie se dé cuenta, Covash recoge un sobre. Palpa con sus dedos y lee la inscripción codificada.
«Un nuevo objetivo, más rápido de lo que esperaba. Una pieza más.»
Una mujer alta y con una belleza felina se acerca y le pregunta:
―¿Tú no eres de por aquí, no?
―No,soy Holandés, ¿acaso eres policía buscando sospechosos? ―Ella ríe y contesta:
―No, es tan solo una manera de comenzar la conversación. Soy Estena, pero mejor llámame Esti.
―Mucho gusto Esti, me llamo Mikael. ¿Vienes mucho por aquí?
―Bastante, lo suficiente como para darme cuenta de cuando alguien es nuevo.
―No me gustan mucho estos sitios, demasiadas apari…argh! ¿Eh tú? Tencuidado ―le dice Covash a un hombre que tropieza con él.
―Perdona amigo, me han empujado.
―Qué extraño, he sentido como si…― Covash reacciona tocándose la espalda y mirando a Estena que le interrumpe diciendo:
―Siempre hay borrachos por todos lados, pero tu veo que no bebes.
―No, no es mi estilo. Me gusta llevar el control de mi vida.
―¿Ni cocaína ni nada?
―No, no, ¿por qué? ¿Acaso te van las drogas?
―No, para nada. Yo también prefiero lo natural.
―Dime Esti, ¿a qué te dedicas?
―Soy bróker.
―Suena bastante serio.
―Bueno, no tanto como parece. Busco a donantes y receptores y gano dinero con ello.
―ja,ja,ja… buena manera de ponerlo.
«¿Será ella? ―Susurra la mente de Covash.»

Entre preguntas y miradas llenas de intención, Covash se siente relajado hablando y bailando con Estena que le inspira una confianza innata con sus ojos llenos de determinación. Parece ser una persona inesperadamente despierta e inteligente con un sentido del humor crítico y perspicaz.
Estena le ofrece con gestos insinuadores y un beso final su casa para pasar la noche. Plan perfecto, coche en marcha.
Covash está lleno de expectación y deseos. Nunca en su vida había conectado con tanta facilidad con una mujer y si creyera en el amor, diría que estaba por suceder.

En su casa, Estena le ofrece una bebida roja con un fuerte sabor amargo.
―Uhmm, bastante intenso. ¿Qué es?
―El cóctel triple, pomelo, zanahoria y el ingrediente secreto.
Covash aparta la bebida e indaga con su mirada a Estena, que ríe:
―No te preocupes que no es ni alcohol, ni drogas. Es un combinado de vitaminas y ginseng que necesitaras esta noche si pretendes aguantar.
Covash vuelve a mirar la bebida, aun sin confiar.
Estena le da un trago final a su cóctel y tira el vaso al suelo. Con una sonrisa picaresca, realiza un movimiento sutil que deja a su vestido deslizarse hasta los pies. Su cuerpo voluptuoso queda al descubierto.
―¿Vas a venir conmigo? ―Le pregunta Estena.
Covash se queda sin palabras. Hipnotizado, intenta recordar cuando fue la última vez que una mujer tan bella le había deseado sin preguntar antes por el contenido de su billetera.
―Anda, déjate de tonterías. ¿Acaso crees que te voy a envenenar? Bébete el jugo si quieres. Solo te digo una cosa más, lo vas a necesitar ―con un guiño, Estena se despide dirigiéndose a su habitación.
Covash mira el vaso sonriendo y bebe el cóctel de un trago. Tras dar unos pasos siente su cuerpo aligerarse, casi perdiendo toda sensación de peso y de consistencia. Las piernas le flaquean. Los colores y las luces se vuelven más intensas.
«¿Estoy alucinando? ―Pregunta su mente confundida con los ojos clavados en Estena.»
Tropieza y por poco se cae. Apoyándose en la pared, sin poder realmente conectar las piezas del puzzle, le pregunta a Estena que le espera reclinada en la puerta:
―¿Qué me has dado? ―Al oír su voz, su cuerpo casi se despierta del sueño, pero al no poder coordinar se tambalea a punto de perder la conciencia mientras a su mente llegan distintas piezas: ―…un cliente con cistitis fibrosa… tú eres el hombre de tamaño ideal…
Al abrirse la puerta, Covash cae al suelo. Levantando la vista ve deslumbrado una cama y a unos hombres con batas blancas. En ese preciso momento, su conciencia encaja la última pieza. Según la droga le quita los últimos trazos de voluntad, Covash deja escapar su último suspiro sin la posibilidad de negar.

Damien Melhem Quesada